martes, 15 de marzo de 2011

QUEDA MUCHO POR HACER.


“Pasen por acá, siéntense, que enseguida les comento como es el tema”. La sala era iluminada, con muchas mesas redondas, donde se pasaba en grupos de 5 personas para economizar tiempo en la explicación; el aviso salió en el Diario La Capital de Rosario, en su sección clasificados rezaba: “se necesita vendedor para showroom, presentarse en Oroño 90 Bis”, sin mayores datos (uno que anda en la búsqueda de laburo envía su curriculum); luego de tomar ubicaciones en las respectivas sillas que rodeaban las coqueta mesas, la blonda encargada sentenció, “esto es una agencia de viajes que se encarga de vender todo lo que es Buzios Brasil, acá se trabaja todos los días, son 7 horas (menos el domingo de mañana)feriados inclusive, y el sueldo es de 800 pesos más las comisiones que puedan lograr”. Los integrantes de la mesa, que esperábamos mas instrucciones que hagan que dicha oferta llegue a ser interesante, quedamos mirándonos como sin comprender la situación, las caras de incomodidad se hacían visibles, la incógnita de saber si lo expresado era verdad o una broma de mal gusto se reflejaba en las expresiones de las más de 20 personas que concurrimos al lugar. ¿Puede ser verdad que alguien, en su sano juicio ofrezca ganar 800 pesos por trabajar 7 días a la semana?

El proceso de recuperación económica, social y política iniciado en el 2003 trajo, entre otras muchas cosas, la creación y estabilidad de una gran cantidad de fuentes laborales, basta ver a algún vecino, amigo, pariente para darse cuenta de que “la cosa esta mejor” (famosa frase), sin embargo el trabajo precarizado (por no decir Trabajo en Negro, nunca entenderé porque se denomina NEGRO al trabajo informal y porque no se le dio otro color) todavía pisa fuerte en nuestra sociedad, el Ministro de Trabajo Carlos Tomada en un libro llamado “Aportes a una visión de la informalidad laboral en Argentina” expresa que: “La informalidad es el motor más poderoso de la máquina de excluir que se montó en la Argentina y desarmar esta máquina no es fácil, requiere de políticas continuas”. Dese la cartera que maneja este mismo ministro se dijo que: "hacia 2003 el 50 por ciento de los trabajadores en la Argentina estaban en negro; sin acceso a su jubilación, sin posibilidad de tener una obra social y miles de personas perdían la protección garantizada por los derechos laborales". A pesar de esta importante reparación de décadas de vaciamiento, lamentablemente las decepciones a la hora de enfrentar una entrevista laboral siguen existiendo.

Luego de pasar diversas etapas (risa, bronca, resignación) en esta nefasta experiencia personal (una más), cavilé sobre las “exigencias” o “pretensiones” que puede tener uno a la hora de buscar un trabajo, y comencé a preguntarme: ¿Será que estoy pidiendo mucho cuando pretendo: sueldo acorde con responsabilidades, salario mínimo vital y móvil, días de descanso necesarios (establecidos por ley), remuneración doble por trabajar un domingo o un feriado e inscripción para aportes?, ¿Será que todos nosotros que estamos buscando un laburo que nos dé de morfar, y permita pagar un alquiler, tendremos que empezar a re-considerar todas las cuestiones mencionadas anteriormente?, ¿Será que en algún momento dejarán de existir los hijos de puta (perdón por el exabrupto pero no encuentro mejor manera de mencionarlos) que juegan con la necesidad de la gente y ponen en el diario de mayor tirada rosarino un aviso clasificado?¿O será que somos muy impacientes y en el afán de encontrar un laburo no tenemos en cuenta el tiempo que se necesita para poder establecer las condiciones que puedan considerarse “favorables” para adquirir un trabajo?, mientras sigo pensando en todas estas cosas me pongo contento cuando escucho que se aumenta el salario mínimo vital y móvil (a pesar de que a mi no me toque), me endulza los oídos escuchar que mas argentinos puede laburar (a pesar de que yo no encuentre un trabajo), está bueno y lo mejor es que queda mucho por hacer.

Nicolás P. Bengoa

miércoles, 5 de enero de 2011

Pichincha (Sergio Contemori)

Descubrió a su marido. Lo descubrió. No le hizo falta salir del hogar ni husmear sus camisas para constatar huellas de rouge. Descubrió a su marido. Lo descubrió por una prueba irrefutable y deplorable. El amor pareció haber durado una quimera de puerto. La Pichincha oficial duró 23 años. Desde 1919 hasta 1932. Comprendía el perímetro que limitaban las calles Güemes, Ovidio Lagos, Salta y la Avenida Francia. Aquello no era Sunchales. La gente se confunde. Sunchales era lo que estaba al Este de ese contorno. Sunchales era el apodo de la Estación Rosario Norte. A Gervasio, que así se llamaba, ella lo había conocido en uno de sus viajes en tren. El viaje de la prostitución duró más que el del barrio. Ya se ejercía desde que recalaban barcos y otras embarcaciones. En cada geografía del mundo donde hay puerto, hay explotación sexual y Rosario, la boca de salida del Granero del Mundo, siguió esa ley. Los ranchos fueron los primeros reductos en donde las ninfas, en muchos casos obligadas, ofertaban sus cavernas y sus alpes. A medida que la zona se urbanizó, el negocio adoptó perfiles más sofisticados y redituables y la Municipalidad le fijaba un nuevo radio. Porque, y aunque a ella se le hiciera terrible reconocer que él tenía razón en lo que afirmaba, el negocio era considerado legal, tanto como abrir un almacén. Por eso la Municipalidad no clausuraba nada, sino que le daba perímetros nuevos. Como ya se leyó, Pichincha comenzó, de manera oficial, en 1919. Por aquel entonces, imperaba la Zwi Migdal, una organización internacional de trata de blancas y explotación de mujeres, anterior a la apertura del barrio.

Se decía que sus maniobras hubieran sido imposibles sin que mediara consentimiento y connivencia dolosa de parte de las autoridades. El puerto comenzó a funcionar mucho mejor. Con la inmigración, la ciudad ascendió. A ella le encantaba charlar con gente de otros países. Le gustaba escuchar las cadencias de los otros idiomas. En las noches, cuando él estaba de buen humor y lúcido para escucharla, ella imitaba el fraseo de las francesas, las polacas y las italianas. Pichincha creció. La prostitución también. Resultó ser algo a gran escala y el barrio se edificó al unísono. Desde antes, los trámites sexuales se negociaban en casas de planta baja y planta alta, en departamentos, en lugares que ella no lograba imaginar. Sin embargo, en Pichincha todo fue similar. Todos los prostíbulos eran semejantes. Tenían entrada con mayólica checoslovaca, una puerta cancel, el patio, habitaciones que daban ahí, un techo corredizo, los gobelinos, una estufa de hierro, tenían una sombría mitología. Los había de diferentes precios. Un peso, dos, y en el Madame Safo, el más caro de todos, cinco pesos. Ella siempre les explicaba a su hermana y su cuñada, cuando venían por las tardes a matear y comentar los acontecimientos del diario, que el vecindario se llamaba así por el nombre de una batalla que libró el ejército libertador cuando cumplía la campaña homónima de Sudamérica. Simón Bolívar la peleaba en el Norte y José de San Martín en el Sur. Cuando las tropas llegaron a Ecuador, combatieron en una planicie donde hay un volcán llamado Pichincha, que muchos años después, en 1999, entraría en erupción. La que entró en erupción fue ella cuando descubrió a su marido, una insolencia masculina advertida por su madre el mismo día del -Sí quiero-. Se decía a sí misma cuánto le hubiera servido tener aunque sea un ápice del carácter de la intrépida Raquel Libermann, esa prostituta que promovió el ocaso de Pichincha.

Al que también contribuyó el médico municipal de la higiene, hijo de Juan Alvarez, fundador de la Biblioteca Argentina. Aquel doctor presentó un informe en el Concejo Deliberante que se debatió y fue aprobado. El mismo establecía que, más allá del exámen médico que semana a semana respondían las cortesanas, las enfermedades venéreas iban en aumento y el contagio se expandía. Por eso, en 1932, los prostíbulos fueron cerrados y todo quedó como vacío. Cuando ella descubrió a su marido, el universo unido le pareció una gran mole de nada. Nada de lo que pasó con la clausura detuvo el avance de la prostitución. Los burdeles se trasladaron a los pueblos. En Rosario, aparte de Pichincha, cada barrio tenía uno. En 1935, a raíz de unas elecciones, se produjo una suerte de reapertura, pero fue por eso nada más. Después lo cerraron otra vez. En este párrafo aparece el recuerdo de Humberto de Saboya, hijo del rey Víctor Manuel. Cuando vino a la ciudad, probablemente a colocar una placa o inaugurar un sector en el Hospital Italiano, le ofrecieron grandes recepciones. Se comenta que en un momento determinado todas las luces de Pichincha tuvieron que ser apagadas para que el tipo entrara a sosegar su fiebre y saliera sin ser visto por nadie. Gervasio también pensó que nadie lo vería. Sin embargo, lo descubrió. Ella lo descubrió. Quizás él estuvo con la Sarmiento, a la que le decían así porque no había faltado nunca. O libó el delgado néctar de Milonguita, que era tan flaca que se ponía algodones en las mejillas. O estuvo con la Madame Georgette, cuyo verdadero nombre era María Peña López y trabajaba en el Petit Trianon. Se comenta que hubo una, La Gallega, que batió récords. En una noche despachó a treinta señoritos en un prostíbulo de un peso. Y otra noche, a cincuenta en uno de dos pesos. Afroditas de cobre, magnolias de ule, esclavas de la Chicago argenta. Hubo muchas, hubo tantas, pero no hubo ni un solo artilugio para desmentir aquella foto. Ella la vio y lo descubrió. Hay que destacar que todos pasaban por Pichincha. Políticos, gobernadores, señores de dinero, camaleones de mentados apellidos, artistas; de Gardel para abajo, todo el mundo. En los prostíbulos no se bailaba el tango, a excepción de que algún adinerado armara su propia fiesta. Ahí sí las puertas se cerraban y se bailaba. En alguna de estas casas había una pianola. Uno le echaba 10 o 20 centavos y la maquinita tosía un tango. Nunca faltaba el jilguero que se sentaba en ella a simular que tocaba. Después de aquella foto, él no pudo simular más. Un día, el grupo de Julio Vanzo, Antonio Berni y otros compadres, andaba de rotación. Berni había traído una pequeñísima cámara fotográfica de Europa, que parecía prismáticos de teatro.

Tan diminuta era que calzaba cómoda debajo del sombrero, e incluso ya la ubicaban para disparar. Se les ocurrió, entonces, ir a los prostíbulos a sacar fotos. Se sentaban, tomaban algo, esperaban que las pupilas se desocuparan y... zas!. Una de esas fotografías salió publicada a descomunal tamaño en el diario Reflejos, medio que se manifestaba en contra del oficio más viejo del mundo en un artículo firmado por un tal Facundo. En realidad, Rodolfo Puiggrós. Sucedió un 11 de Febrero de 1932. Ella vio esa foto y lo vio. Así lo descubrió. Entonces salió inyectada hacia la redacción de Reflejos y armó un escándalo. Cuando volvió y se encontraron, Gervasio no pudo articular palabra. En cambio, ella sí. Ella no sólo articuló las últimas palabras de su matrimonio, sino que lo obligó a mudarse para siempre de Pichincha y de su vida. Cuando uno lo camina por las tardes silenciosas, esos crepúsculos donde el tornasol del cielo baja para treparse a las venas y los paisanos andan en bicicleta o charlan en la vereda, todavía suele resonar la sombra de unos gritos de mujer, los gritos de ella y los de todas las mujeres que también fueron deshonradas.





martes, 14 de diciembre de 2010

El Gran Cacho Tirao

Cacho Tirao (Oscar Emilio Tirao) (Berazategui, Provincia de Buenos Aires, 5 de abril de 1941 - Buenos Aires) fue un guitarrista y compositor de música folclórica argentina.

Aprendió a tocar la guitarra a los cuatro años y, al siguiente, fue premiado en su primera presentación radial.

Integró el célebre Quinteto de Astor Piazzolla de 1968 a 1971. Trabajó con Osvaldo Tarantino, Dino Saluzzi y Rodolfo Mederos y acompañó a Joséphine Baker.

Se destacó como solista virtuoso, compuso e interpretó tango, milonga, zamba, cueca, chacarera y otros diversos géneros musicales. Entre sus particulares composiciones se destacan "La Milonga de Don Taco", en memoria de su padre; "La milonga del niño deseado" dedicada a su nieto y la excelente bossa nova titulada "Sonveri", grabada para CBS en 1980 en el álbum "Selección Especial de Cacho Tirao".

Grabó 36 discos, el primero como solista en 1971 "Mi guitarra, tú y yo"; y el último en 2006, "Renacer", tras recuperarse de una hemiplejía sufrida a raíz de un accidente cerebrovascular.

Su obra más célebre es el concierto para guitarra y orquesta sinfónica "Conciertango Buenos Aires", estrenado en Bélgica hacia 1985.

Alcanzó altos niveles de popularidad en la década de 1970, cuando conducía el ciclo Televisivo "Recitales Espectaculares", al punto que una de sus grabaciones en 1978 vendió más de un millón de placas.

Muere el 30 de mayo de 2007.



jueves, 9 de diciembre de 2010

martes, 7 de diciembre de 2010

lunes, 6 de diciembre de 2010

La Calle de las Novias Perdidas (A. Dolina)


Hay una calle en Flores en la que viven todas las novias abandonadas.Al atardecer salen a la vereda y miran ansiosas hacia las esquinas para ver si vuelven los novios que se fueron. A veces conversan entre ellas y rememoran viejos paseos por el Rosedal.Por las noches se encierran a releer cartas viejas que guardan en cajitas primorosas o admirar fotografias grises.Los domingos se ponen vestidos floreados y se pintan los labios. Algunas escriben diarios intimos con letra prolija. Dicen que no es posible encontrar esa calle.
Pero se sabe que algun dia desembocara en la esquina el batallon de los novios vencedores de la muerte para rescatar a las novias perdidas y llevarlas de paseo al Rosedal.
Esto sera dentro de mucho timpo, cuando endulce sus cuerdas el pajaro cantor.
Existen por ahi infinidad de personas confiables que juran que el amores posible en todos los barrios. No habra de discutirse semejante tesis. Pero el que tuviera que vivir pasiones locas, es mejor que no pierda el tiempo en rumbos equivocados. Una historia terrible esta esperandoen Flores.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Justicia por mano propia (La Redó)


Una de las historias menos conocidas y más curiosas de la historia del fútbol argentino: el partido que se jugó sin árbitro.

El 26 de marzo de 1972, Banfield y Newell’s se enfrentaron en la cancha de Los Andes por la sexta fecha del Metropolitano. Se trataba de un partido poco relevante, y por eso no fue registrado por las cámaras de televisión. De otro modo, seguramente se recordaría más lo ocurrido.

Unos días antes, Banfield había recibido una durísima sanción. Debido a un intento de soborno por parte de sus dirigentes, la institución fue suspendida por cuatro meses. Se le dieron por perdidos todos los partidos que jugara en ese lapso, y además debía hacer de local en cancha neutral (por eso el escenario fue el field de Los Andes). El plantel del club bonaerense estaba herido en su orgullo por el seguro descenso que se venía. Entonces se habían juramentado hacer el mejor papel posible durante la suspensión. La idea era dejar todo en la cancha, jugar como si no estuviera ocurriendo, no regalar los puntos a los rivales ocasionales.

La visita del equipo rosarino era una buena oportunidad para ofrecer, al menos, un espectáculo atractivo a los fieles hinchas de Banfield, que sabían que no iban a ver a su equipo ante rivales de esa categoría durante el año siguiente. Los de Newell’s sabían que ganar no sería fácil, así que se prepararon como para cualquier otro partido.

Cuando comenzó el encuentro, llamó la atención a todos la actuación del árbitro, un tal Arturo Baver. Se trataba de un juez joven que estaba haciendo sus primeras armas en la máxima categoría. Un partido como ése le debe haber parecido a la AFA un buen fogueo para el pupilo. Sin embargo, el árbitro favoreció abiertamente a los visitantes. Como si estuviera enojado con la institución albiverde por el hecho policial en el que se había involucrado, todas las pelotas divididas y dudosas eran para Newell’s.

El favoritismo era notorio porque Baver desautorizaba a los jueces de línea cada vez que marcaban una posición adelantada o córner para Banfield. El juez cobraba para Newell’s y realizaba un gesto claro de “acá mando yo”.

La actitud era tan burda que molestó a los propios jugadores de Newell’s, que querían ganar en buena ley. No era aceptable recibir favores para ganar, no importaba si era contra un equipo condenado por sobornos. Si Newell’s era mejor, quería demostrarlo en la cancha. Además, no existía ninguna necesidad para hacerlo, no era un partido definitorio que los tentara de aprovechar la suerte que les había tocado.

Entonces, la reacción de los jugadores rosarinos durante el primer tiempo fue tocar en forma intrascendente, para dejar pasar los minutos. Los jugadores de Banfield agradecían el favor, pero tampoco querían que pareciera que el partido estaba arreglado. Ya habían tenido demasiados problemas como para ponerse en esa posición. Por eso, cuando terminó el primer tiempo los capitanes (Eduardo Pipastrelli de Banfield y Andrés Rebottaro de Newell’s) se juntaron para explorar las opciones que tenían.

Como ambos equipos querían jugar el partido, la conclusión fue que el obstáculo era el árbitro. Decidieron ir juntos a verlo al vestuario para pedirle que cambiara la actitud. Una vez dentro, se armó una acalorada discusión. En los diarios de esa semana hay información contradictoria. Unos dicen que se armó una pelea a golpes de puño entre el árbitro y los capitanes, con los jueces de línea separando. Otros que sólo hubo intercambio de gritos.

Lo cierto es que Baver decidió que el incidente era suficientemente grave para suspender el partido. Pero los capitanes no acataron la orden. Pensaban que reanudarlo en otro momento con el mismo árbitro era inútil, y preferían terminar el partido sin árbitro. Total, el juego venía siendo leal hasta el momento. Y al capitán de Banfield no le importaban mucho las implicancias legales, su equipo de cualquier manera no iba a sumar puntos.

Así que, luego de consultar con sus respectivos equipos, los capitanes se pusieron de acuerdo y las hinchadas se sorprendieron al ver que ambos cuadros salían a disputar el segundo tiempo sin terna arbitral (el juez y los líneas se habían retirado del estadio). En efecto, los jugadores estaban tomando el partido.

Para dirimir las faltas se decidió que iban a ponerse de acuerdo entre los dos capitanes. En caso de no tener la misma opinión, se votaba entre los veintidós jugadores. Y gracias a la lealtad que había en esos tiempos en el fútbol argentino, no votaban todos a favor de su equipo, sino que algunos decían sinceramente lo que habían visto. Gracias a los que se animaban a fallar en contra de su equipo, el partido logró tener la justicia que le había faltado cuando el árbitro estaba en la cancha.

Como jueces de línea, se convocó al arquero suplente de cada equipo. Cada cual marcaba el ataque contrario, y el fallo tenía que ser reconocido por los dos capitanes. Como no había banderines, usaron camisetas de Los Andes aportadas por la utilería del estadio.

Vale decir que los jugadores tuvieron especial cuidado para no ponerse a sí mismos en aprietos. Al no haber nadie que controlara, la situación podría haberse vuelto violenta, pero ocurrió lo contrario. El segundo tiempo no tuvo grandes incidencias. Cuando Newell’s se puso en ventaja, algunos jugadores de Banfield intentaron protestar posición adelantada de Mario Zanabria, pero Ricardo Lavolpe no la marcó. Esto hizo que los capitanes asumieran que el gol había sido válido.

El partido terminó con la victoria de los visitantes por 2-0. No hubo pitazo final, sino un gesto conjunto por parte de los dos capitanes que indicaba que el tiempo se había cumplido. Luego, los jugadores de ambos equipos se dieron la mano uno por uno, y casi todos intercambiaron las camisetas en señal de lealtad deportiva.

Las consecuencias en la AFA fueron severas. Los altos mandos estaban enojadísimos por la actitud desafiante de los jugadores ante la autoridad. Pero todos coincidían en que el culpable principal había sido el árbitro. Arturo Baver nunca más volvió a dirigir un partido de la AFA. Se evaluó aplicar sanciones a los jugadores y a las instituciones, pero luego de arduas negociaciones se aplicó sólo una multa simbólica de 10.000 pesos ley. Pero se dejó claro que la cúpula de la AFA no toleraría un nuevo acto de insubordinación de ese calibre. En cuanto al partido, como no había ningún interés en jugarlo de nuevo se decidió dar por válido el resultado final.

Desde entonces, no ha vuelto a ocurrir algo semejante en la primera división del fútbol argentino. Y es impensable que algo así pudiera ocurrir hoy, dada la altísima exposición de cada partido, el grado de importancia que recibe cada resultado y la escasa confianza que existe entre los jugadores de distintos equipos en cualquier partido.

Sin embargo, vale recordar el ejemplo de Banfield y Newell’s en tiempos en los que cualquiera sospecha por cualquier cosa que un árbitro está ejerciendo favoritismo.


Link:http://www.la-redo.net/justicia-por-mano-propia-46064/

Bandas Olvidadas (Nacional-Internacional)



miércoles, 1 de diciembre de 2010

El Penal Mas Largo del Mundo (O. Soriano)


El penal más fantástico del que yo tenga noticia se tiró en 1958 en un lugar perdido del valle de Río Negro, en Argentina, un domingo por la tarde en unestadio vacío.Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río.

Teníaun equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.

Los jugadores eran siempre los mismos, o los hermanos de los mismos. Cuando yo tenía quince años, ellos tendrían treinta y me parecían viejísimos. Díaz, el arquero, tenía casi cuarenta y el pelo.

El blanco que le caía sobre la frente de indio araucano. En el campeonato
participaban dieciséis clubes y Estrella Polar siempre terminaba más abajo
del décimo puesto. Creo que en 1957 se habían colocado en el decimotercer
lugar y volvían a sus casas cantando, con la camiseta roja bien doblada en
el bolso porque era la única que tenían. En 1958 empezaron ganándole a
Escudo Chileno, otro club de miseria.

A nadie le llamo la atención eso. En cambio, un mes después, cuando habían
ganado cuatro partidos seguidos y eran los punteros del torneo, en los doce
pueblos del valle empezó a hablarse de ellos.

Las victorias habían sido por un gol, pero alcanzaban para que Deportivo
Belgrano, el eterno campeón, el de Padini, Constante Gauna y Tata Cardiles,
quedara relegado al segundo puesto, un punto más abajo. Se hablaba de
Estrella Polar en la escuela, en el ómnibus, en la plaza, pero no imaginaba
todavía que al terminar el otoño tuvieran 22 puntos contra 21 de los
nuestros.

Las canchas se llenaban para verlos perder de una buena vez. Eran lentos
como burros y pesados como roperos, pero marcaban hombre a hombre y gritaban
como marranos cuando no tenían la pelota. El entrenador, un tipo de traje
negro, bigotitos recortados, lunar en frente y pucho apagado entre los
labios, corría junto a la línea de toque y los azuzaba con una vara de
mimbre cuando pasaban a su lado. El público se divertía con eso y nosotros,
que por ser menores jugábamos los sábados, no nos explicábamos como ganaban
si eran tan malos.

Daban y recibían golpes con tanta lealtad y entusiasmo, que terminaban
apoyándose unos sobre otros para salir de la cancha mientras la gente les
aplaudía el 1 a 0 y les alcanzaba botellas de vino refrescadas en la tierra
húmeda. Por las noches celebraban en el prostíbulo de Santa Ana y la gorda
Leticia se quejaba de que se comieran los restos del pollo que ella
guardaban en la heladera.
Eran la atracción y en el pueblo se les permitía todo. Los viejos les
recogían de los bares cuando tomaban demasiado y se ponían pendencieros; los
comerciantes les regalaban algún juguete o caramelos para los hijos y en el
cine, las novias les consentían caricias por encima de las rodillas. Fuera
de su pueblo nadie los tomaba en serio, ni siquiera cuando le ganaron a
Atlético San Martín por 2 a1.

En medio de la euforia perdieron, como todo el mundo, en Barda del Medio y
al terminar la primera rueda dejaron el primer puesto cuando Deportivo
Belgrano los puso en su lugar con siete goles. Todos creímos, entonces, que
la normalidad empezaba a restablecerse. Pero el domingo siguiente ganaron 1
a 0 y siguieron con su letanía de laboriosos, horribles triunfos y llegaron
a la primavera con apenas un punto menos que el campeón.

El último enfrentamiento fue histórico por el penal. El estadio estaba
repleto y los techos de las casas también. Todo el mundo esperaba que
Deportivo Belgrano repitiera los siete goles de la primera rueda. El día era
fresco y soleado y las manzanas empezaban a colorearse en los arboles.
Estrella Polar trajo más de quinientos hinchas que tomaron una tribuna por
asalto y los bomberos tuvieron que sacar las mangueras para que se quedaran
quietos.

El referí que pitó el penal era Herminio Silva, un epiléptico que vendía las
rifas del club local y todo el mundo entendió que se estaba jugando el
empleo cuando a los cuarenta minutos del segundo tiempo estaban uno a uno y
todavía no había cobrado la pena por más que los de Deportivo Belgrano se
tiraran de cabeza en el área de Estrella Polar y dieran volteretas y
malabarismos para impresionarlo. Con el empate el local era campeón y
Herminio Silva quería conservar el respeto por sí mismo y no daba penal
porque no había infracción.

Pero a los 42 minutos, todos nos quedamos con la boca abierta cuando el
puntero izquierdo de Estrella Polar clavó un tiro libre desde muy lejos y se
pusieron arriba 2 a 1. Entonces sí, Herminio Silva pensó en su empleo y
alargó el partido hasta que Padín entró en el área y ni bien se le acercó un
defensor pitó. Ahí nomás dio un pitazo estridente, aparatoso y sancionó el
penal. En ese tiempo el lugar de ejecución no estaba señalado con una mancha
blanca y había que contar doce pasos de hombre. Herminio Silva no alcanzó
siquiera a recoger la pelota porque el lateral derecho de Estrella Polar, el
Colo Rivero, lo durmió de un cachetazo en la nariz. Hubo tanta pelea que se
hizo de noche y no hubo manera de despejar la cancha ni de despertar a
Herminio Silva. El comisario, con la linterna encendida, suspendió el
partido y ordenó disparar al aire. Esa noche el comando militar dictó estado
de emergencia, o algo así, y mandó a enganchar un tren para expulsar del
pueblo a toda persona que no tuviera apariencia de vivir allí.

Según el tribunal de al Liga, que se reunió el martes, faltaban jugarse
veinte segundos a partir de la ejecución del tiro penal y ese match aparte
entre Constante Gauna, el shoteador y el gato Díaz al arco, tendría lugar el
domingo siguiente, en el mismo estadio a puertas cerradas. De manera que el
penal duro una semana y fue, si nadie me informa lo contrario, el más largo
de toda la historia. El miércoles faltamos al colegio y nos fuimos al pueblo
vecino a curiosear. El club estaba cerrado y todos los hombres se habían
reunido do en la cancha, entre las bardas. Formaban una larga fila para
patearle penales al Gato Díaz y el entrenador de traje negro y lunar trataba
de explicarles que esa era la mejor manera de probar al arquero.

Al final, todos tiraron su penal y el Gato atajó unos cuantos porque le
pateaban con alpargatas y zapatos de calle. Un soldado bajito, callado, que
estaba en la cola, le tiró un puntazo con el borseguí militar y casi arranca
la red. Al caer la tarde volvieron al pueblo, abrieron el club y se pusieron
a jugar a las cartas. Díaz se quedó toda la noche sin hablar, tirándose para
atrás el pelo blanco y duro hasta que después de comer se puso un
escarbadientes en la boca y dijo:

-Constante los tira a la derecha.
-Siempre -dijo el presidente del club.
-Pero él sabe que yo sé.
-Entonces estamos jodidos.
-Sí, pero yo sé que él sabe -dijo el Gato.
-Entonces tírate a la izquierda y listo -dijo uno de los que estaban en la
mesa.
-No. El sabe que yo sé que él sabe -dijo el Gato Díaz y se levantó para ir a
dormir.
-El Gato esta cada vez más raro -dijo el presidente el club cuando lo vio
salir pensativo, caminando despacio.

El martes no fue a entrenar y el miércoles tampoco. El jueves, cuando lo
encontraron caminando por las vías del tren estaba hablando solo y lo seguía
un perro con el rabo cortado.

-¿Lo vas a atajar?- le preguntó, ansioso, el empleado de la bicicletería.

-No sé. ¿Qué me cambia eso?- preguntó.

-Que nos consagramos todos, Gato. Les tocamos el culo a esos maricones de
Belgrano.

-Yo me voy consagrar cuando la rubia de Ferreyra me quiera querer -dijo y
silbó al perro para volver a su casa.

El viernes, la rubia de Ferreyra esta atendiendo la mercería cuando el
intendente del pueblo entró con un ramo de flores y una sonrisa ancha como
una sandía abierta.
Esto te lo manda el Gato Díaz y hasta el lunes vos decís que es tu novio.

-Pobre tipo -dijo ella con una mueca y ni miro las flores que habían llegado
de Neuquén por el ómnibus de las diez y media.

A la noche fueron juntos al cine. En el entreacto el Gato salió al hall a
fumar y la rubia de los Ferreyra se quedó sola en la media luz, con la
cartera sobre la falda, leyendo cien veces el programa sin levantar la
vista.

El sábado a la tarde el Gato Díaz pidió prestadas dos bicicletas y fueron a
pasear a las orillas del río. Al caer la tarde la quiso besar, pero ella dio
vuelta la cara y dijo que el domingo a la noche, tal vez, después que
atajara el penal, en el baile.

-¿Y yo cómo sé? -dijo él.

-¿Cómo sabés qué?

-Si me tengo que tirar para ese lado.

La rubia Ferreyra lo tomó de la mano y lo llevó hasta donde habían dejado
las bicicletas.

-En esta vida nunca se sabe quién engaña a quién -dijo ella.

¿Y si no lo atajo? -preguntó él.

Entonces quiere decir que no me querés -respondió la rubia, y volvieron al
pueblo.

El domingo del penal salieron del club veinte camiones cargados de gente,
per la policía los detuvo a la entrada del pueblo y tuvieron que quedarse a
un costado de la ruta, esperando bajo el sol. En aquel tiempo y en aquel
lugar no había emisoras de radio, ni forma de enterarse de lo que ocurría en
una cancha cerrada, de manera que los de Estrella Polar establecieron una
posta entre el estadio y la ruta.

El empleado del bicicletero subió a un techo desde donde se veía el arco del
Gato Díaz y desde allí narraba lo que ocurría a otro muchacho que había
quedado en la vereda que a su vez transmitía a otro que estaba a veinte
metros y así hasta que cada detalle llegaba a donde esperaban los hinchas de
Estrella Polar.

A las tres de la tarde, los dos equipos salieron a la cancha vestidos como
si fueran a jugar un partido en serio. Herminio Silva tenía un uniforme
negro, desteñido pero limpio y cuando todos estuvieron reunidos en el centro
de la cancha fue derecho hasta donde estaba el Colo Rivero que le había dado
el cachetazo el domingo anterior y lo expulsó de la cancha. Todavía no se
había inventado la tarjeta roja, y Herminio señala la entrada del túnel con
una mano temblorosa de la que colgaba el silbato.

Al fin, la policía sacó a empujones al Colo que quería quedarse a ver el
penal. Entonces el arbitro fue hasta el arco con la pelota apretada contra
una cadera, contó doce pasos y la puso en su lugar. El Gato Díaz se había
peinado a la gomina y la cabeza le brillaba como una cacerola de aluminio.
Nosotros los veíamos desde el paredón que rodeaba la cancha, justo detrás
del arco, y cuando se colocó sobre la raya de cal y empezó a frotarse las
manos desnudas, empezamos a apostar hacía dónde tiraría Constante Gauna.

En la ruta habían cortado el tránsito y todo el Valle estaba pendiente de
ese instante porque hacía diez años que el Deportivo Belgrano no perdía un
campeonato. También la policía quería saber, así que dejaron que la cadena
de relatores se organizara a lo largo de tres kilómetros y las noticias
llegaban de boca en boca apenas espaciadas por los sobresaltos de la
respiración.

Recién a las tres y media, cuando Herminio Silva consiguió que los
dirigentes de los dos clubes, los entrenadores y las fuerzas vivas del
pueblo abandonaran la cancha, Constante Gauna se acercó a acomodar la
pelota. Era flaco y musculoso y tenía las cejas tan pobladas que parecían
cortarle la cara en dos. Había tirado ese penal tantas veces -contó después-
que volvería a patearlo a cada instante de su vida, dormido o despierto.

A las cuatro menos cuarto, Herminio Silva se puso a medio camino entre el
arco y la pelota, se llevó el silbato a la boca y sopló con todas sus
fuerzas. Estaba tan nervioso y el sol le había machacado tanto sobre la
nuca, que cuando la pelota salió hacía el arco, el referí sintió que los
ojos se reviraban y cayó de espalda echando espuma por la boca. Díaz dio un
paso al frente y se tiró a su derecha. La pelota salió dando vueltas hacía
el medio del arco y Constante Gauna adivinó enseguida que las piernas del
Gato Díaz llegarían justo para desviarla hacia un costado. El gato pensó en
el baile de la noche, en la gloria tardía y en que alguien corriera a tirar
la pelota al córner porque había quedado picando en el área.

El petiso Mirabelli llegó primero que nadie y la sacó afuera, contra el
asombrado, pero el arbitro Herminio Silva no podía verlo porque estaba en el
suelo, revolcándose con su epilepsia. Cuando todo Estrella Polar se tiró
sobre el Gato Díaz, el juez de línea corrió hacía Herminio Silva con la
bandera parada y desde el paredón donde estábamos sentados oímos que gritaba
“¡no vale, no vale!”.
La noticia corrió de boca en boca, jubilosa. La atajada del Gato y el
desmayo del árbitro. Entonces en la ruta todos abrieron las botellas de vino
y empezaron a festejar, aunque el “no vale” llegara balbuceado por los
mensajeros como una mueca atónita.

Hasta que Herminio Silva no se puso de pie, desencajado por el ataque, no
hubo respuesta definitiva. Lo primero que preguntó fue “qué pasó” y cuando
se lo contaron sacudió la cabeza y dijo que había que patear de nuevo porque
él no había estado allí y el reglamento decía que el partido no puede
jugarse con un árbitro desmayado. Entonces el Gato Díaz apartó a los que
querían pegarle al vendedor de rifas de Deportivo Belgrano y dijo que había
que apurarse porque esa noche él tenía una cita y una promesa y fue otra vez
bajo el arco.

Constante Gauna debía tenerse poca fe, porque le ofreció el tiro a Padini y
recién después fue hacía la pelota mientras el juez de línea ayudaba a
Herminio Silva a mantenerse parado. Afuera se escuchaban bocinazos de
festejo y los jugadores de Estrella Polar empezaron a retirarse de la cancha
rodeados por la policía.


El pelotazo salió hacía la izquierda y el Gato Díaz se fue para el mismo
lado con una elegancia y una seguridad que nunca más volvió a tener.
Costante Gauna miró al cielo y después se echó a llorar. Nosotros saltamos
del paredón y fuimos a mirar de cerca a Díaz, el viejo, el grandote, que
miraba la pelota que tenía entre las manos como si hubiera sacado la sortija
de la calesita.

Dos años más tarde, cuando él era una ruina y yo un joven insolente, me lo
encontré otra vez, a doce pasos de distancia y lo vi inmenso, agazapado en
punta de pie, con los dedos abiertos y largos. En una mano llevaba un anillo
de matrimonio que no era de la rubia de los Ferreyra sino del hermano del
Colo Rivero, que era tan india y tan vieja como él.

Evité mirarlo a los
ojos y le cambié la pierna; después tiré de zurda, abajo, sabiendo que no
llegaría porque estaba un poco duro y le pesaba la gloria. Cuando fui a
buscar la pelota dentro del arco, el Gato Díaz estaba levantándose como un
perro apaleado.

-Bien, pibe -me dijo-. Algún día, cuando seas viejo, vas a andar contando
por ahí que le hiciste un gol al Gato Díaz, pero para entonces ya nadie se
va a acordar de mí.

domingo, 28 de noviembre de 2010

LA VOZ DE LA EXPERIENCIA


Miguel, dale que arrancamos” se oyó cerca de las 20.45, en ese mismo momento el Licenciado Rolón (que había dejado caliente la silla de disertación) firmaba su último libro a fanáticos y cholulos. Miguel simple, de saco marrón, sobretodo verde oliva y con su “Como vino la mano” debajo del brazo charlaba con dos amigos que se ubicaron en la primera fila del auditorio dedicado a las charlas que se llevan a cabo en la exposición Rosario Lee (iniciativa de la municipalidad local para incentivar la lectura y un aporte interesante a la cultura).

La presentadora pide una botella de agua, acomoda el micrófono y presenta a Miguel Grimberg como “un multifacético escritor, que se ha dedicado a diversos temas a lo largo de su carrera”, Miguel la mira de soslayo como esperando que la blonda culmine la intro, ella lo hace y le da el pase con una mirada lateral, él inicia la charla con un seco “buenas noches”, abre el libro que antes tenia bajo el brazo derecho y que ahora descansa en la mesa y lee Tiempos de Charcos Rojos de Raúl Porchetto, terminada la lectura aclara “esto es una canción pero también es poesía”.

Miguel Grimberg debe ser de los íconos vivientes del “paradigma rock” en argentina, creó "Nueva Solidaridad", una asociación de poetas de toda América, traduciendo y difundiendo en profundidad a los poetas de la Generación Beat norteamericana, mientras pugnaba en la Argentina, junto a un grupo de otros jóvenes músicos y poetas (Moris, Pipo Lernoud, Miguel Abuelo, Tanguito, Javier Martínez y Luis Alberto Spinetta entre muchos otros) por la adopción del idioma castellano como lengua del rock nacional. “En cataratas, mirando la garganta del diablo se me dio por mirar para abajo, observé un canto rodado, una piedra, la vi y tenia forma de flor solar, luego de eso cuando comenzamos con la revista nos juntábamos en el sótano que tenia mi padre que trabajaba el cuero, al lugar lo llamamos “El Taller de la Flor Solar”, la revista la llevaba a La Cueva de Pueyrredón donde nos juntábamos y ahí se puede decir que nace la Cofradía de la Flor Solar”.

El real motivo por el cual Grimberg se acercó a Rosario fue la presentación de su libro “Poesía y Libertad”, de esto habló muy poco, mas bien se dedicó a contar infinidades de anécdotas que, como el descubrimiento de la piedra en Iguazú, sirvieron para ilustrar y amenizar la charla. “Cuando se habla de fútbol se habla de fútbol argentino y no nacional, lo mismo pasa con el rock, el rock es argentino no nacional, es por una cuestión de identidad” sentenció Miguel respondiendo al comentario que había hecho la presentadora. Además de la corrección al vocablo argento (en cuanto a la denominación utilizada) el poeta dejo ver su postura en cuanto al rock actual, “tendría que llamarse Musica Popular Urbana, como en Brasil le cambiaron el nombre y ya no es mas Bossa Nova, aquí tendría que pasar lo mismo, hoy se hacen otras cosas que no representan el rock propiamente dicho, hoy hay otra música, otro espíritu, otros conceptos”.

Además de su amor y constante trabajo para con el rock argentino, Grimberg está empapado de una gran impronta ecologista, ha creado una infinidad de organizaciones que se dedican a esto, por ejemplo Red Nacional de Acción Ecologista, es además profesor de Periodismo Ambiental de la Universidad Nacional de La Plata (entre otras cosas), todo esto lo deja ver en claro a la hora de disertar, y de exponer sus ideas y sus pensamientos.

La charla continúa entre risas y comentarios, al exponente se lo ve bastante cómodo con la situación, el poco público parece que no le modificase la manera de expresarse (siempre simpático) sino que todo lo contrario, esa escases parece darle una predisposición a la charla que quizás en un ámbito de mayor concurrencia no tendría. La lectura de canciones (o poesías como se les quiera llamar) continúa, cerca de las 22 dice que dará paso por si alguno quiere hacer alguna pregunta y cierra diciendo “el rock en argentina desde 1965 en adelante impuso un espíritu fundacional”. Lo que resta para decir es que resulta impactante ver a alguien de tamaño calibre, es importante escuchar a alguien que vivió tantas cosas y en tantos lugares, siempre es fundamental escuchar voces de la experiencia.


NPB



sábado, 27 de noviembre de 2010

jueves, 25 de noviembre de 2010

Gran Musico Yorugua

¿Dónde está mi Musa?

¿De que escribir cuando no se sabe?¿ De que hablar cuando las ideas son muchas y los pensamientos deambulan por la cabeza sin acomodarse en la góndola mental? ¿Qué hay que hacer para que los pensamientos se ordenen y la inspiración caiga como una ficha que luego se traslada al papel?. Fontanarrosa escribió Inspiración , en este cuento el gran Negro hace una descripción de cómo la inspiración no viene a uno sino que es uno quien la tiene que buscar, en el citado relato la Musa inspiradora se le presenta al personaje y le dice que lo podrá ayudar, ayudar a pasar los textos a máquina, ayudarlo a pensar, pero nunca se expone como la salvación. Partiendo de aquí sabemos que nada se nos presentará como una posibilidad de ayuda.

Pensé en escribir sobre fútbol- es un deporte que amo, me encanta hablar de fútbol, me fascinan las discusiones futboleras donde se plantean los distintos puntos de vista, donde cada uno saca a relucir sus conocimientos (pocos o muchos, acertados o errados), es en estas charlas donde el fanatismo puede hacer que grandes amigos se peleen momentáneamente y vuelvan a amigarse al coincidir en un punto- pero después de leer a Soriano, Fontanarrosa, Dolina o sea, después de leer a estos monstruos pensé “que puedo aportar yo desde mi lugar que no se haya dicho”. Luego quise escribir sobre política- por mi profesión de periodista suelo escribir cosas de política, hay personas que dicen que “todo es política”, pero hago referencia a cuestiones coyunturales; para que se entienda, por ejemplo: a cerca de cuestiones que se traten en el congreso nacional y las distintas repercusiones sobre determinados temas- terminado el pensamiento reformulé mis pensamientos, observé las posibilidades, hice memoria en cuanto a los temas que podrían ser trascendentes (el anuncio de la presidenta de la nación a cerca de la entrega de 500$ a jubilados) después de todo esto pude divisar en los diarios que sobre este tema ya se había escrito mucho, desde muchos puntos de vista y mostrando sus mas recónditos pensamientos en cuanto a ideales y formas de ver las cuestiones sociales.

Al ver que no podía volcar nada en el “papel digital” cavilé, y dándome por vencido, decidí darle la razón a Fontanarrosa, supuse que la musa inspiradora no vendría a mi por mas fuerza que yo hiciere, me dí cuenta de que los pensamientos forzados no tienden a ser beneficiosos para con la escritura y que por mas que uno piense, piense y se rompa la cabeza pensando, cuando la musa no se instala dentro de uno (de manera natural) las líneas que se pueden redactar no tienen sentido.

Los escritores antes mencionados, así como muchos otros, me dieron la inspiración de de no tener inspiración, la llamada “asociación libre” a veces puede servir para la escritura, también es cierto que la escritura (para un periodista o para un escritor cualquiera) es un ejercicio que se debe poner en práctica a menudo para que, al momento de plasmar un pensamiento o idea en el papel, todo sea mas fácil; nadie sabe si existen o no las musas inspiradoras, alguien puede decir que cuando se las necesitan aparecen, así como también muchos le darán la razón a Fontanarrosa, en mi caso todavía no se por cual postura definirme.

NPB